A las tres de la madrugada, cuatro tediosas campanadas me despertaron de mi letargo de las seis de la tarde. A las ocho de la mañana, las nueve se adelantaron para mirarme burlonas a su paso hacia el café de mediodía. A las diez, las once se volvieron para decirme lo perezosa que se me veía en aquel día en que la una se acercaba peligrosamente sin hambre.
A las dos, el café de las tres me esperaba paciente en la mesa de fumador del salón de una casa desconocida; a las cuatro, la cena en la mesa se preguntaba inocente si me iba a dedicar a eludirla durante el resto de la velada. Entre las cinco y las siete, la sobremesa vespertina se me hizo interminablemente solemne pensando en qué momento llegaría la hora de poder hacer una siesta.
A las ocho de la tarde, mis amigos los sueños pactaban con Morfeo si me iban a dar o no pesadillas; a las diez de la noche, la vigilia de las doce me sobresaltó con un sueño de esos en que caes por un precipicio; a las once, la película de la medianoche en la tele hablaba de amores fingidos; a las doce, las cuatro tediosas campanadas de la madrugada anterior resonaban insistentes en mi cabeza; a la una, el café del desayuno esperaba en la mesa de la cocina junto a un par de humeantes tostadas…
Daban las tres de la madrugada cuando logré quedarme profundamente dormida…
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