Tus ojos negros como noche sombría, tu mirada gélida como glaciar, tu sonrisa hiriente y afilada como hoja de faca aguardando a su presa, tus pasos lentos y amenazantes como nubes de tormenta…
Mis ojos esperando el amanecer de los tuyos, mi mirada deseando hallar tu calor, mi sonrisa anhelando una caricia de la tuya, mis pasos clavados en la tierra ansiando la calma que nunca me das… Y lágrimas, amargas lágrimas que, juguetonas, resbalan por mis mejillas.
Heridas… tu especialidad; provocar heridas que nunca dejan de sangrar. Heridas que van creciendo lentamente hasta, estoy convencida de ello, llegar a matar. El maldito dolor que no cesa y tu voz clavada en mis oídos, escupiendo palabras como dardos acerados lanzados con certera puntería. Yo muriendo un poco más y tú riendo con tu risa sorda que se cuela por las rendijas desiertas de mi alma triste y asolada. No me des más dolor, que yo quiero vida, no me des más desgracia, que yo quiero vida, no me des más puntilla, que yo quiero vida… No me des, simplemente no me des.
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